Fotografía de autoría propia — Sin Pista

Cuando cualquiera puede subir al escenario

Una JAM como punto de encuentro del movimiento cultural de la música emergente de Córdoba.

Un escenario abierto

Cada jueves por medio vuelvo al mismo lugar de Güemes: Chilli Street Club. En el fondo del bar, entre luces, instrumentos y conversaciones, se encuentra uno de esos espacios donde el movimiento cultural de la música emergente de Córdoba se construye desde el encuentro.

Cada fecha tiene una temática. Esta vez, la protagonista es la música del Indio Solari. Somos alrededor de 40 personas. Muchos llevan remeras de bandas argentinas; otros eligen sus propios outfits, con una originalidad que también forma parte de la propuesta.

Mientras esperamos a la banda principal, converso con la gente. Después de seis meses de JAM, ya casi todos nos conocemos. Algunos saben tocar instrumentos; otros, como yo, simplemente estamos ahí porque nos encanta la música. No hace falta demasiado para sentirse parte.

Se apagan las luces y empieza a sonar Canción para naufragios, de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. El público acompaña al cantante y la energía sube. Detrás de la banda, unas visuales muestran imágenes del público en la despedida del Indio Solari. Al reconocerse en la pantalla, muchos se emocionan.

Después de diez canciones, llega el momento más esperado: se abre la JAM. El escenario queda a disposición de quienes quieran sumarse. Es una oportunidad para que músicos emergentes se encuentren y se den a conocer, pero también para que cualquiera pueda vivir la experiencia de estar arriba de un escenario.

Empiezan a subir músicos de distintos lugares. Se prestan instrumentos, incluso entre personas que quizás nunca habían tocado juntas. La secuencia suele ser bastante espontánea: «Che, ¿quién sabe tocar La hija del fletero?». Desde el fondo alguien responde: «Yo la sé tocar en la bata». Otros dos admiten que no la conocen tan bien, pero que se suman igual. En cuestión de segundos se arma una pequeña banda. Sin un ensayo previo, interpretan la canción mientras el resto acompaña cantando y bailando.

Por un momento, los límites entre músicos y público desaparecen. Quienes escuchaban pasan a tocar; quienes estaban en el escenario vuelven a mezclarse entre la gente. En la JAM, todos pueden participar y aportar algo. Todos son prosumidores, desde los que suben a cantar hasta los que suben los videos a TikTok o a sus historias.

Una conexión que no se mide en reproducciones

Esa conexión que se genera en los shows en vivo es difícil de explicar, pero también aparece en nuestra investigación. En una encuesta realizada a 61 jóvenes de Córdoba que participan de la escena, preguntamos: «¿Qué sentís que te transmite un show en vivo en el circuito indie de Córdoba que las experiencias digitales no te hacen experimentar?». La idea que más se repitió fue «la conexión y la cercanía que se siente entre el público y la banda».

En las entrevistas a tres solistas y una banda apareció la misma idea: después de los shows, muchas personas se acercan para felicitarlos, contarles anécdotas relacionadas con sus canciones o simplemente tomar algo juntos. A diferencia de lo que puede ocurrir con artistas de mayor exposición, acá el músico no queda en un pedestal: es alguien con quien podés conversar, compartir una fecha o encontrarte en el próximo recital.

Las redes sociales permiten mantener el contacto y difundir lo que sucede, pero no reemplazan el encuentro presencial. Como plantea José van Dijck, la conexión humana no es lo mismo que la conectividad de las plataformas. En la JAM, esa diferencia se vuelve tangible.

Una escena que se sostiene entre todos

Pero este encuentro no aparece de la nada. Detrás de cada fecha hay una red de personas que hace posible que suceda. Las entrevistas nos permitieron ver que el movimiento cultural de la música emergente de Córdoba se sostiene, en gran medida, gracias a los vínculos, las amistades y la colaboración. Mantener un proyecto implica costos y tareas que exceden a quienes tocan: sonidistas, diseñadores gráficos, fotógrafos, realizadores audiovisuales, periodistas y productores.

La historia de la JAM es un ejemplo. La banda principal está integrada por amigos que se conocieron en la facultad. Veían que en Córdoba ya existían propuestas similares, pero más orientadas a músicos con experiencia. Ellos querían generar algo popular, donde cualquiera pudiera asistir y, sobre todo, subir al escenario.

Para concretarlo, se contactaron con una amiga que tiene una pequeña productora y comenzaron a organizar las fechas en Chilli Street Club, hoy punto de encuentro para distintas bandas de Córdoba. Después sumaron a otros amigos: una diseñadora gráfica y un sonidista que necesitaban ganar experiencia. Algo similar ocurre con fotógrafos y realizadores audiovisuales. Así se entrelazan contactos, conocimientos y oportunidades: aunque no siempre haya dinero, cada persona aporta algo y construye su propio recorrido.

Así, la escena no está compuesta únicamente por quienes suben a tocar. También la construyen quienes organizan, producen, difunden y registran los eventos; los roles se mezclan y la participación se vuelve colectiva.

Una invitación que llegó a su público

La manera en que la JAM llegó a su público también dice algo de esta escena. Desde que comenzó, a mediados de febrero, combinaron el boca a boca con las redes sociales. Lejos de una campaña profesional, el cantante grabó un video casero, caminando por la calle, para invitar a quienes vivían en Córdoba y querían compartir música.

El mensaje era simple: «¿Sos de Córdoba Capital, te gusta mucho la música y tenés ganas de ir a un evento gratuito? Este jueves vamos a estar con mis amigos en Chilli haciendo una JAM abierta para que puedas venir con tu grupo a participar». El video llegó al público que buscaban y se convirtió en su principal forma de difusión. Para la banda, ya es una cábala: «El video de Edu».

Quizás ahí esté una de las claves de este movimiento cultural: no hace falta una gran estructura para convocar. A veces alcanza con un grupo de amigos, un espacio abierto y personas dispuestas a colaborar y escuchar. La música empieza en el escenario, pero el movimiento se construye entre todos.

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